
Me
desperté por culpa del sol que entraba por la ventanilla del avión.
Abrí un ojo y lo vi a él. Dormía plácidamente. Parecía un ángel
recién caído del cielo, iluminado por un rayo de luz. Me cogía por
la cintura y yo estaba acostada con mi cabeza encima de su pecho; se
estaba tan cómodo ahí.
Ahora
que lo podía mirar bien: tenía una nariz perfecta, ni muy grande ni
muy pequeña y recta como a mi me gustaba, unas pestañas largas e
interminables, unos labios perfectamente definidos y rosados, y olía
a colonia de hombre de esta fuerte, pero me encantaba. Sin quererlo,
pensando en todo esto, me fui acercando más y más a él y para
cuando me quise dar cuenta, ya estaba a escasos centímetros de su
cara. Podía escuchar los latidos de su corazón que iban a un ritmo
normal, y sentía su respiración tranquila rozar la piel de mi
cuello; eso hizo que se me erizaran los pequeños pelos que tenía
ahí. Pero en cambio mi respiración se estaba acelerando tanto como
mi corazón, que no paraba de latir tan rápido como podía. Me fijé
en sus labios y me entraron unas ganas inmensas de volver a besarlos,
pero la parte orgullosa de mí detuvo ese impulso a tiempo.